martes, 14 de enero de 2020

El más feliz

Eres el más feliz, ese elemento de la piedra filosofal que tan fácil es buscar y tan difícil conseguir. Empezaste a jugar al fútbol con cinco años. Te divertías mientras conocías a niños y hacías amigos. Pasaste a césped y tu equipo no ganó ni un solo partido, pero tú te divertías y no fallabas a ningún entrenamiento. Tus padres, excepcionales, no querían que vivieses del fútbol, sino que aprendieses valores e hicieses deporte, fundamental en la vida. En ese camino jugaste encuentros bastantes emocionantes, portando el brazalete de capitán en muchos, prueba del esfuerzo durante la semana. El sillón te gusta y con la videoconsola te sientes tan rey que no te apetece dejarla. Pero una vez que vas al campo te esfuerzas en un ejercicio y en el siguiente. Estuviste más de un año sin competir. Lo pasaste mal porque la vida no es como la pintan en los dibujos. Tu familia también tuvo sus baches y eso tú, que de tonto no tienes nada, lo notabas. Pero llega ese día en el que vas a debutar en liga con tu nuevo equipo. Como nadie te ha regalado nada para llegar hasta ahí lo saboreas más. A tu lado hay gente que estaba en esas sinuosos pistas, por lo que la alegría es exponencial y la felicidad compartida sabe mejor. Penalti. Gritan tu nombre. Sales al campo sin calentar ni nada. Te dispones a tirar la pena máxima. Y va a gol. Un gol celebrado por todos los jugadores porque te tienen un inmenso cariño, también por los padres de todos ellos, por los entrenadores y por los tuyos. De los millones de niños que han jugado ese finde en todo el mundo no habrá ninguno que en su debut haya anotado en el primer balón que toca, a los segundos de entrar. Poco después haces un penalti en contra al darle con la mano. Pero ese lanzamiento va fuera. Porque es tu día y te lo mereces. Te vas del campo con una sonrisa imposible de describir. Una sonrisa que contagia al resto durante días y días. Tus padres lucharon y luchan para que fueses y seas feliz. Y tú lo eres. ¿Se puede pedir algo más?

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