martes, 24 de julio de 2018

Cerebros y cerebros

Una bengala, a escasa distancia de un corredor en una etapa de este Tour de Francia 2018 · abc.es

Se podría debatir sobre qué deporte es el más duro, aunque las comparaciones, valga el tópico, son odiosas. Siempre lo debato con César Vargas, quien afirma que Messi es el mejor jugador de la historia, argumentando el que suscribe que no se pueden comparar jugadores de épocas diferentes, incluso de la misma, puesto que las posiciones son diferentes y el fútbol es un deporte colectivo. Regresando al tema central, alguien puede decir que tal deporte es el más duro y el que suscribe respondería que el atletismo y el ciclismo. De lo que no hay ninguna duda es que ninguna otra modalidad deportiva permite estar a los aficionados tan cerca de los protagonistas en los días más importantes de la temporada -incluso de su carrera- de un ciclista, caso de una etapa del Tour de Francia o de La Vuelta a España.

Lo que no es objeto de debate tampoco es que hay cerebros y cerebros. No hace falta llegar al nivel de Albert Einstein o Stephen Hawking, pero por ley para estar en la calle se debería tener un nivel mínimo de inteligencia, de lógica. Porque no es normal que un ciclista tenga que subir rampas del 15% después de realizar 200 kilómetros, a máximas pulsaciones y sin apenas poder ver o respirar por culpa de las bengalas de cuatro tontos. El peligro de estos artilugios es enorme. Que se lo pregunten al progenitor de Guillem Alfonso, el niño de trece años que falleció en 1992 en los brazos de su padre por culpa de una bengala en Sarriá. Con lo bonito que es poder animarlos en esos momentos tan increíbles y tienen algunos que empeñarse en dar la nota, en que uno no vea, se tropiece, se rompa una vértebra y tenga que abandonar. O en pegarle un puñetazo a un deportista mientras hace un esfuerzo increíble. La prueba de inteligencia para pulular por la calle debería ser obligatoria. Quizás así se solucionarían muchos problemas del día a día.

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