martes, 16 de enero de 2018

Hugo y Juan

Hugo, en segundo plano, siempre cuidando de su hermano, Samu · B.G.

Una de las consignas que nos dan a los entrenadores es que en el campo sólo pueden estar los jugadores del equipo que entrene en ese momento y los monitores, entrenadores o delegados. El secreto que no salga de aquí, pero este periodista hace la vista gorda cuando Hugo y Juan entran al campo de fútbol 7 de la Ciudad Deportiva Los Ángeles mientras entrena al prebenjamín del Oriente. Hay unas normas y eso no puede ser el patio del colegio (otro de los mejores momentos para el que suscribe, viendo a almas aún libres disfrutar de esa libertad), pero medio forman parte del equipo e irradian alegría y energía a pesar de que alguna vez tenga que amenazar a mis jugadores con echar a estos dos porque se distraen con su presencia. Ambos juegan en equipos benjamines del mismo club, son vecinos y compañeros en la escuela, llegando una hora y cuarto antes de su sesión para que el pequeño Samu, hermano de Hugo, entrene. Entonces, Juan y Hugo disparan a portería o realizan milimétricos pases.

Eso sí, el acuerdo tácito incluye que si tienen que recoger algún material, lo hacen. Lo realizan sin renegar porque por eso están ahí: además de por su amor a la redonda, por su exquisita educación. Un ejemplo fue cuando entrené al equipo de Juan, al no poder su monitor, hice un típico momento de silencio para poner orden y que no hablasen. "No veis que el entrenador quiere que os calléis", le espetó el pequeño de nueve años a sus compañeros, como si tuviese el doble de edad. También completan algún ejercicio si falta un efectivo, se cambian de portería o se van del campo si la situación lo requiere. Todo ello sin rechistar. Y si toca hacer de árbitro en un amistoso entre los dos equipos prebenjamines de la entidad -con los padres de espectadores-, pues Hugo va y lo hace encantado. Y con personalidad, inventándose un penalti en contra de su hermano...

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