domingo, 10 de julio de 2016

Infinitos partidos

Súper Víctor, en un encuentro de la Eurocopa 2016 · elmundo.es
Era un rey de la pista. Yo iba con Víctor, un extremo a la vieja usanza a pesar de sus diez años. Pero el espacio era reducido esta vez. Apenas quince metros de largo y cinco de ancho. Cuatro chanclas delimitaban las dos porterías en el peculiar campo improvisado en el Paseo Marítimo de Aguadulce, con el mar en calma de espectador de lujo. Me pasa el Beau Jeu (balón de la Euro 2016) para que le haga la pared y se regatea con caño incluido al último defensor. Lo empuja al gol y victoria. Salta a la arena, ya fría, y lo celebra como Griezmann acostumbra últimamente. Y eso que no es del Atlético, sino del Madrid, pero el buen futbolista se aplaude.

A 2.000 kilómetros donde el pequeño Víctor, el que suscribe estas líneas y unas cuantas almas de futbolistas más, y dos días noches después, el propio Griezmann se juega la corona de Europa. También con el Beau Jeu. El mismo que tiraban al aire los aficionados galeses en París tras su pase a cuartos (junto a cerveza y más cerveza). O el mismo con el que jugaban los irlandeses borrachos en un campillo de la Fan Zone de Burdeos. Porque el espíritu al final es idéntico. Con motivo del Mundial de Brasil escribí hace un par de años un artículo titulado '64 recuerdos', en el que exponía la importancia de cada encuentro de una Eurocopa o Mundial. Quizás era por eso de celebrarse cada cuatro años o porque me encanta el fútbol de selecciones. Este mes he cambiado de opinión. Ya no es que cada encuentro tenga un recuerdo. Es que se puede sustituir el término 'encuentro' por el de 'momento'. Porque el momento de Víctor, el de los galeses en París o el de los irlandeses en Burdeos también son encuentros de la Eurocopa.

Una Eurocopa que parece que empezó ayer y que hoy llega a su fin (debería ser obligatorio asistir a un evento de este tipo). Ese vibrante Francia-Rumanía no fue hace horas, pero lo bueno se acaba rápido, en concreto, esta noche. La lógica apunta a Francia; el Maracanazo, el Centenariazo del Dépor o la Grecia del 2004 indican que hay espacio para la sorpresa. Aunque al fin y al cabo, eso es lo de menos. Con lo que me quedo en este mes inolvidable es con la fiesta del fútbol en sí. Esa que reencarna Víctor imitando a Griezmann, mismo espíritu que el propio delantero del Atlético, mismo espíritu que los galeses o irlandeses. Mismo espíritu que cualquier aficionado al fútbol. Porque esto -razón de su fantástico embrujo- es global, como indica la mascota del torneo, Súper Víctor, en el anuncio previo a cada partido.

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