miércoles, 1 de junio de 2016

Las 16:45 horas

Detrás de la cama desde donde estoy escribiendo estas líneas está la bolsa verde tirada en el suelo. Como siempre, está llena de ropa deportiva. Pero hoy, por primera vez desde octubre, falta algo dentro de ella: la libreta con los ejercicios que planifico antes de cada entrenamiento. Hoy me tendré que conformar con el rato de gimnasio, pero la pelota no rodará. Si acaso, la medicinal y sólo para recordar tardes más divertidas. 108 entrenamientos después (54 por grupo), llega el parón de final de temporada. A decir verdad el domingo nos volveremos a reunir para despedir el curso de la mejor manera, pero un miércoles sin estos pequeños ángeles -o demonios, califíquenlos como deseen- se hace raro.

Porque ya son las 16:45 y no escucho a Andy dándome las buenas tardes. Ni a Pedro sollozando porque tiene que levantarse de la siesta. Pero una vez que se levanta -o levantaba- era un chaval de 18 años en un cuerpo de cinco. Dentro de nada serán las 16:50 y no veré a Ángel contándome qué imagina su mente. "Dale con el interior", le decía. "¿Sabes, sabes, profe, que antes he luchado contra un dinosauio? ¡Un dinosauio así de grande!", me respondía con su inocencia de tres años. Pero, eso sí, le daba con el interior. ¿O iba a esperar menos de un ángel llamado 'Ángel'?

Avanza lentamente la tarde y la bolsa verde sigue hastiada en el suelo de la habitación. No estoy escuchando a Denís (el poder del fútbol consigue englobar todas las nacionalidades posibles) quejándose de que no es capaz de saltar las vallas con los pies juntos, que le da miedo. Pero al final lo consigue. Porque los valientes ganan al miedo. Y no hay nada mejor que superar eso, ni una victoria. Bueno traduzcan victoria por tres puntos. Porque para victoria la de Diego y su cara de no haber roto un plato en su vida. No lo ha roto y nunca lo romperá. Si no recuerdo mal, no le he tenido que llamar la atención ni un solo día. Y eso en muchos meses es de una probabilidad ínfima. Pero que se va a esperar uno de un chaval de cuatro años que se pega un piñazo de los buenos haciendo un ejercicio en una montaña con piedras y lo único que desea es no llorar para demostrar que se trata de un tipo fuerte. Vaya que si lo es.

De Aarón sí que no me puedo olvidar aunque sean ya las 17:00 y siga en la cama. Porque Aarón se te aparece aunque no pronuncies tres veces su nombre. Es lo que tiene tener tanto nervio. Tanta ambición. Querer ganar siempre. Para nervio, el de Dani, la última incorporación. Otros tres años. ¡Tres años! Un mundo con los cinco de Francisco, el mayor del grupo, siempre preguntando. Mente inquieta la suya. Como la de Ibrahim, un tío que lo mismo te juega al fútbol que al baloncesto.

Sigue avanzando la tarde. Continúo escribiendo estas líneas que quizás lea alguien. O quizás no. Quién sabe. Hubiese preferido tener que darle un beso a Diego después de su rutinaria caída al imitar a Usain Bolt. Pero es lo que toca. Todo en la vida tiene un principio y un final. No sé si el privilegio de contar con este grupo ha llegado a su fin. Ojalá en unos meses sigamos compartiendo vagón en el tren de la vida. Lo que más deseo en este momento es que los niños prosigan en el vagón del deporte.

Ya son casi las 17:45, hora del grupo mayor, de seis y siete años (menos juegos y más fútbol). Mientras escribo tumbado en la cama, se me ha pasado el tiempo volando, en parte, por ver una, otra, otra y otra vez el vídeo del juvenil del San Roque de Lepe. "El fútbol es la vida", dice su entrenador. Vida y vitalidad. La misma de Dani. Atom podía ser su apellido (¡menos patrullas caninas y más Óliver y Benji!) por eso de tener siempre un balón pegado al pie. Como Samuel, el Raúl González del equipo. Llega el primero y se va el último. Al día siguiente, vuelve a ser el primero y marcharse el último. Así siempre. Amor por la redonda. Si Dani es Óliver, Adrián y Esteban son Bart y Milhouse. Siempre riendo, siempre haciendo reír, algo que tanto se echa de menos en esta vida. O el comportamiento de Idri y Adrián Domínguez. Y si no Antonio. Le dices que haga una conducción con la pierna mala y te la hace, le dices que se pegue con la pared y se golpea. Compromiso al máximo. Tampoco me puedo olvidar de Hatim y Camilie, y es que un equipo sin hermanos no es un equipo.

Se supone que tendría que enseñarles algo yo a estos pequeños del CD Oriente, pero más bien el emisor de los conocimientos es el mayor receptor, puestos que son ellos los que te deleitan en cada sesión con algo nuevo. Es lo que tiene tratar con ángeles. A pesar de que no compiten (se trata de dos equipos de Escuelas), se lo pasan en grande. Como yo con ellos. Mejor que cualquier tarde en la cama con la bolsa verde muerta de risa.

P.D.: gracias a Diego Clemente, juvenil del club, por echarme una mano y enseñar también a estos diablillos. Ángeles, perdón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario