lunes, 2 de mayo de 2016

El partido del año

Curioso 'campo' de fútbol en una favela en Río de Janeiro · idealista.com
El partido del año no es aquel en el que el Leicester se puede coronar campeón de la liga inglesa por primera vez en sus 132 años de historia (mientras escribo estas líneas Hazard se marca una obra de arte). Ni la final de la Eurocopa en París. Ni una remontada en el Santiago Bernabéu. Me quedo con el disputado este mediodía en la plazoleta del barrio. Estaba (me permito el lujo de la primera persona) peloteando con mis primo Álex (diez años) y Gustavo (seis) cuando se nos acercaron tres niños de la edad del primero. "¿Os apetece un partido?". La propuesta fue rápida e interesante. No hizo falta una semana de móvil para hacer los dos equipos. Ni convocatoria. Un sencillo tres para tres propenso a ampliarse dependiendo de quien apareciese por allí.

Y a punto estuvimos de no jugar el partido del año. Sin embargo, la negativa en la cabeza se transformó en duda en la respuesta. No era plan poner al chico con niños cuatro años mayores. "Tenemos cuidado con él", nos contestaron nuestros nuevos amigos. Porque quince minutos después iban a parecer colegas de toda la vida. Tampoco hizo falta alquilar campo. Un grafiti que simulaba una portería y otra pared eran las dos metas.

Partido organizado en dos minutos. Y a jugar. Le explicaba minutos antes a Álex, aspirante a futbolista, la diferencia entre jugar al fútbol y a la pelota. Es verdad que hasta en una pachanga en la plaza del barrio hay algo de fútbol, ya que, a más conocimientos sobre el balompié, más fácil es jugar. Es una maravilla aprender conceptos tácticos y técnicos, pero no lo es menos cierto que gusta olvidarse por unos momentos de los desmarques de ruptura o de apoyo, líneas de pase, presión tras pérdida o coberturas. Simplemente había que coger el cuero y estrellarlo contra el correspondiente muro.

Fue el encuentro del año porque durante esos minutos uno vuelve a la niñez, donde los problemas son ínfimos. Lo único que temías es que no te llamase tu madre para volver a casa. De hecho, durante el partido de hoy no hubo nada malo. No estaban esos padres fracasados pegando berridos con tal de aliviar su frustración por no haber cumplido su sueño de ser futbolistas profesionales. Simplemente había que coger el cuero y estrellarlo contra el correspondiente muro.

Bueno, surgió un imprevisto. En el equipo contrario estaba Arturo, un chaval de diez años. Camiseta azul celeste de la tienda del barrio y un pantalón corto probablemente del mismo lugar. No le era necesario una térmica o una sudadera de marca para imantarse el balón del amigo al pie y empezar a sortear los contrarios que le saliesen a su paso. Llegados a este punto ya no eran un tres para tres, sino un cinco para cinco. O más de diez (de diferentes razas, sexo y edad... el poder del fútbol). Perdí la cuenta. El alma, libre, quizás no estaba en el cuerpo. Y había que estar atento a que el pequeño Arturo no me dejase en vergüenza delante de algún vecino que hubiese dejado sus aburridas tareas y estuviese presenciando ese partidazo desde la ventana de su casa.

Gran parte de mi día a día gira en torno al deporte, y en concreto, al fútbol, con las sesiones de los niños, los entrenamientos con los séniors del Oriente o la visualización de partidos y más partidos con el objetivo de combinar aprendizaje y diversión. Sin embargo, no hay nada como esas pachangas que se están jugando ahora mismo en todas partes del planeta. La pena es que cada día hay menos por culpa de las tonterías del 'Prohibido jugar a la pelota', las videoconsolas, los móviles a niños de ocho años, los colegios cerrados o el prohibir jugar al balón en el recreo por si algún crío se daña. ¿Qué mayor disfrute que ese partido del año?

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