viernes, 18 de septiembre de 2015

La Maratón (y II)


Los cuentos de Álex · Cuarto capítulo


Habían esperado casi un año desde su primera participación, la cual ya habían olvidado. Lo único que querían ahora era pasárselo bien. Y ellos entendían eso como ganar, ser los mejores de su ciclo y poner en la estantería de clase esa fea copa que tanto anhelaban. Bueno, vencer y disfrutar, como los niños que eran, del ambiente de la única competición en la que podían participar en esos tiempos con esa edad. El pequeño Álex era, por cierto, el que más se lo creía. Hay quienes juegan a ser, por ejemplo, periodistas, y otros, como el pequeño de los Salvavierra, a futbolistas. Sentía como si estuviese en Old Trafford jugándose entrar a unas semis de Champions.

El primer encuentro enfrentaba a los Spiderman contra los Sinombre, la clase del 'C', el partido, a priori, más fácil. Tal y como habían acordado a escondidas días antes en la clase de Conocimiento del Medio, Javi, Edu, Pablo y Manolo salían de inicio junto al pequeño Álex en ese choque tan importante para ellos. El objetivo era ganar por la máxima diferencia de tantos, ya que, en la diferencia de goles podía estar la clave para ser los primeros. Los Spiderman solventaron el partido sin demasiada dificultad. 6-1 y doblete de ese chico rubio que soñaba con ser futbolista profesional.

En el segundo partido del grupo de cuarto curso, igualada entre 'B' y 'C', por lo que un empate ante los del 'B' -los Papelosos- daba el pase a los amigos de Álex. El pique entre ambas clases en los recreos era constante; de ahí que el partido tuviese un sabor especial para ellos. Si Álex era Óliver Atom, Javi era Mark Lenders, el principal peligro del otro equipo. Precisamente ese chico espigado y moreno fue el que abrió el marcador. Había nervios y también anécdotas que se quedarían guardadas para recordar años después alrededor de unas cervezas. Por ejemplo, la que protagonizó Pérez. Chico italiano a pesar de su apellido, con un buen corazón, pero algo peculiar. Como demostró cuando sacó de centro con la cabeza -como si fuese un can- para mostrar su cabreo por el tanto recibido. Anécdotas aparte, eran chicos buenos, misma pureza en su corazón que el blanco de sus camisetas.

El tiempo empezó a correr en contra para los Spiderman, que, a diez minutos para el final, estaban fuera. Entonces apareció el pequeño Álex. Quizás no era el que más calidad tenía. Bueno, quizás, no; seguro. Pero era el que más creía, y, de momento, eso le valía para ser el más destacado. Un balón que viene de un saque de banda, control con el pecho y volea como si estuviese en Glasgow días después. Empate que le valía para jugar la final contra el campeón de tercero. Aun así, un remate de cabeza en una de las últimas jugadas significó pasar al encuentro definitivo con dos victorias en otros tantos partidos.

Los Tijeras, los de 3ºA, era el último rival antes de coronarse como los reyes del día. A pesar de tener un año menos, la tocaban mejor, con un delantero que muchos años después sería uno de los mejores atletas del panorama nacional. La presión que sentía Álex y sus amigos era grande, y más teniendo en cuenta que se trataba de un torneo escolar, una excusa para pasar el día en su colegio rodeado de compañeros y profesores. En cuatro años que llevaba en el centro educativo, el pequeño Álex había jugado cientos de partidos en los recreos y horas extraescolares. Pero ese no era un partido más, sino el partido. Las dos horas de espera para disputar el último envite se hicieron largas. Unos platos de la gigante paella que los profesores hicieron en el patio central con motivo de las fiestas del colegio sirvieron para amenizar la espera, mientras los pequeños analizaban cómo podía ser el encuentro.

El duelo en sí fue feísimo. Pero ellos difrutaron como pocos. Los ojos de sus compañeras de clase eran un estímulo bestial, ello unido a la música a tope, propio de una cita de fútbol playa. Quizás era mayor la diversión con lo que rodeaba al partido que con éste en sí. El 0-0 parecía no resolverse hasta que salió del banquillo Antonio, un chico de pueblo. Su pase al hueco medido con escuadra y cartabón fue aprovechado por... quién si no. El gol del pequeño Álex a falta de cinco minutos para el final sirvió para que días después subir las escaleras del salón de actos para recoger la preciada copa fuese uno de los momentos más bonitos de su vida. Niños con espíritus de niños. La vida misma.

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