sábado, 11 de octubre de 2014

La familia

Los cuentos de Álex · Primer capítulo

Nació en la época de las tecnologías. España aún no estaba en crisis ni se atisbaba la Tercera Guerra Mundial. Todo iba sobre ruedas sobre el momento. A diferencia de compañeros suyos de nacimiento, su entrada al mundo no tenía nada que ver con el devenir de su vida. Era un renacuajo, una ratilla. Verdaderamente daba asco. Y es que estaba manchado de sangre, con heridas por todos lados. No llegaba a los dos kilos y medio de peso y aún restaban dos semanas para que su madre saliese de cuentas, pero el pequeño Álex quiso ser ya uno más de la familia.

La última vivía bien. Sin tener muchos ceros en las cuentas bancarias, los dos sueldos que entraban en casa daban para comer y permitirse algún que otro capricho de vez en cuando. El padre tenía un gimnasio, a donde iban todos los boxeadores de Almería. El boxeo estaba creciendo de nuevo en España y en el sudeste de la Península había joyas que pulir. A Antonio le iba tan bien que dejó exclusivamente el viejo -y bonito- gimnasio para preparar a los jóvenes púgiles, mientras que montó otro más grande, de dos plantas, de los llamados 'modernos'. Varias salas para las clases de pilates o zumba. "Mariconadas", decía el padre de Álex, un tipo que se hacía el duro, pero con un corazón grandísimo. Había que conocerlo en las distancias cortas. Un spa y una pequeña piscina también acompañaban a las bicicletas, máquinas y pesas propias de cualquier gimnasio. 

La madre, María Auxiliadora, Cheli en el barrio, era asistenta social, limpiadora en otros tiempos. Los mil euros que ingresaba al mes no eran una gran cantidad; pero eso unido a las ganancias del padre, cada vez mayores, permitieron que a Álex no le faltase prácticamente de nada en sus primeros años.

A pesar de sus pequeñas dimensiones, era el chico con más pelo en la sala de incubación. Tuvo que pasar unos días ahí, y es que había que tenerlo controlado por su repentino nacimiento. Una semana después de que Cheli diese a luz, madre e hijo se marcharon a casa a descansar. La hija mayor, Mar, no tuvo ningún tipo de celo. Con cinco años, trataba al pequeño con el máximo de los cuidados, como si de porcelana se tratase. En esos primeros días pasaron por la casa de los Salvatierra toda la familia al completo, primos, tíos... Eran los primeros días de Álex, que iba a vivir una vida de película. Aunque él, a esas alturas, aún no sabía nada.

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