lunes, 13 de octubre de 2014

El patio y el albero

Los cuentos de Álex · Segundo capítulo

Es misión casi imposible recordar cuál fue el primer balón que descosió Álex. Tuvo decenas. De todos los colores y tamaños. Sí es más fácil acordarse de dónde corría detrás de ellos. Era rutinario. Por las mañanas lo hacía en el patio del colegio, ese en el que reinaban los mayores, aunque a talento no había nadie que pudiese con él. Seis porterías, cuatro de fútbol sala en dos campos, y dos de fútbol siete en perpendicular. Al principio se tenía que conformar con jugar por detrás de alguna de ellas. Eran las leyes del patio. 

La hora antes de que sonase la campana que daba la orden de bajar a la pista era aprovechada por Álex, Javi y Gustavo para hacer los equipos. Los anotaban en la libreta, sin que la profesora, explicando el temario, se diese cuenta. Durante el recreo, en que la mayoría de las chicas jugaban al policías y ladrones o al escondite junto a otros chavales de la clase, Álex y los suyos competían en una interminable guerra, de goles y más goles, con marcadores propios de baloncesto. No eran pocas las peleas que tenían los pequeños en ese patio rodeado por pisos, una pequeña caja de cerillas. Al final todos los encuentros acababan con un apretón de manos y la pelota más desgastada. Los profesores sólo permitían jugar con las de gomaespuma y ésta, naranja chillona, iba muriendo con el paso de los días, pero insuflándose de vida con las numerosas patadas.

Por las tardes, el escenario y el esférico (aunque la naranja, tenía poco de esférica) cambiaban. Ya no era pista, sino tierra; y el balón no era de gomaespusa, sino de cuero. De los de toda la vida. Hexágonos y pentágonos blancos y negros. Ya apenas existían campos de alberto en la ciudad. El césped sintético había aparecido y las instalaciones deportivas se habían mejorado considerablemente. Sin embargo, la ciudad de Álex era algo especial. El gobierno regional la tenía algo abandonada a pesar de ser una de las más ricas del sur de la Península. Palabras chinas para el chico rubio. A él sólo le importaba asistir, chutar y correr. Y el campo de alberto le valía perfectamente para eso. Realmente era bonito. Tenía un tinte romántico a pesar de las numerosas chinas. Cuatro focos rotos en las esquinas, dos viejas porterías, y matas secas al lado de la línea de cal, aunque ésta ya ni existía.

El campo estaba rodeado de un impresionante parque con una hermosa laguna, el llamado 'parque de los patos'. El olor a maría era una constante cada tarde, aunque los mayores del barrio respetaban a Álex. Era un chico que se hacía querer. Divertido y educado, caía bien de primeras. Era sobre las cinco de la tarde cuando el pequeño terminaba los deberes y bajaba al campo, su campo, a seguir detrás de la redonda. El balón -siempre lo llevaba él- en una mano y el bocadillo de mantequilla en la otra. Javi, Gustavo y los demás chicos de la zona se reunían cada tarde. Cuando llegaban a diez, jugaban un partidillo, aunque raro era el día que ese privilegio se daba. A falta de eso, tiros rápidos o revoleras eran los juegos con los que se entretenían hasta las ocho y poco, cuando se ponía el sol. Así tarde tras tarde. Para ellos no había ninguna preocupación más allá de que lloviera. El balón los hacía los chicos más afortunados del mundo.

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