lunes, 30 de septiembre de 2013

La sencillez y complejidad de Andrés

Iniesta conduce el cuero en el Mediterráneo · Pepe Navarro

Pensé por unos momentos que el mundo estaba loco. En un país con una fuerte crisis económica, con todo lo que eso conlleva, que unos individuos aclamasen a Messi es para hacérselo mirar, reflexionar sobre si el tonto, el raro, eres tú, y ellos, los normales. Sin embargo, quiero pensar que estos sujetos que le besaron los pies a Messi, mientras éste se reía del pueblo, es algo aislado, debido a que el jugador argentino es un crack, sí, pero un corrupto también (que haya pagado una determinada cantidad le quita la etiqueta de 'presunto'). Me quedo con la actitud de la gran mayoría, la que aún conoce los cauces de la legalidad y premia a quienes discurren por éstos. Esta gran mayoría, sea de la ciudad y del país que sea, sólo amantes y conocedores de lo que ocurre en el deporte rey y en la sociedad en general, se quita el sombrero ante Iniesta, don Andrés, una semana sí y otra también.

Sea el campo que sea, la afición que sea, cada vez que el manchego entra o sale de un terreno de juego, las palmas de los aficionados que asisten a ese ritual se juntan y propician un momento mágico, algo que se contará a los nietos. El pueblo se quita el sombrero ante Iniesta no sólo por sus cualidades deportivas, sino por cómo es, por su humanidad. Es cierto que no pudo haber un mejor jugador que hiciese del 11 de julio de 2010 uno de los días más felices de nuestras vidas, es cierto que se trata de un jugador único, es cierto que la toca como nadie, es cierto que encuentra un hueco para el pase donde nadie lo ve, es cierto que la mejor melodía de Mozart suena cuando Andrés entra en juego, es cierto que los ángeles ríen cuando tiene el balón en los pies, pero no es menos cierto que ha conseguido trasladar la sencillez de su juego fuera de los terrenos de juego.

Transmite sencillez, pero ésta no es fácil conseguirla, más bien se trata de una misión harta compleja. Lo fácil sería dorar la píldora en la situación en la que su club se ve socialmente envuelto. A pesar de nacer en Fuentealbilla, lleva toda su vida en La Masía, por lo que lo normal hubiese sido dejarse llevar por la corriente, participar en los fregados en los que se meten sus compañeros, en las eternas disputas Madrid-Barcelona, en política... Pero don Andrés es diferente. En la compleja tarea de conseguir la sencillez, él ha sacado matrícula de honor. Y el pueblo lo sabe. Y se lo hace saber, respetando a uno de los grandes personajes que ha dado este país.

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